La rebelión de las masas
La rebelión de las masas El hombre-masa se siente perfecto. Un hombre de selección, para sentirse perfecto, necesita ser especialmente vanidoso, y la creencia en su perfección no está consustancialmente unida a él, no es ingenua, sino que llega de su vanidad, y aun para él mismo tiene un carácter ficticio, imaginario y problemático. Por eso el vanidoso necesita de los demás, busca en ellos la confirmación de la idea que quiere tener de sà mismo. De suerte que ni aun en este caso morboso, ni aun «cegado» por la vanidad, consigue el hombre noble sentirse de verdad completo. En cambio, al hombre mediocre de nuestros dÃas, al nuevo Adán, no se le ocurre dudar de su propia plenitud. Su confianza en sà es, como de Adán, paradisÃaca. El hermetismo nato de su alma le impide lo que serÃa condición previa para descubrir su insuficiencia: compararse con otros seres. Compararse serÃa salir un rato de sà mismo y trasladarse al prójimo. Pero el alma mediocre es incapaz de transmigraciones —deporte supremo—.