La rebelión de las masas
La rebelión de las masas Nos encontramos, pues, con la misma diferencia que eternamente existe entre el tonto y el perspicaz. Éste se sorprende a sà mismo siempre a dos dedos de ser tonto; por ello hace un esfuerzo para escapar a la inminente tonterÃa, y en ese esfuerzo consiste la inteligencia. El tonto, en cambio, no se sospecha a sà mismo: se parece discretÃsimo, y de ahà la envidiable tranquilidad con que el necio se asienta e instala en su propia torpeza Como esos insectos que no hay manera de extraer fuera del orificio en que habitan, no hay modo de desalojar al tonto de su tonterÃa, llevarle de paseo un rato más allá de su ceguera y obligarle a que contraste su torpe visión habitual con otros modos de ver más sutiles. El tonto es vitalicio y sin poros. Por eso decÃa Anatole France que un necio es mucho más funesto que un malvado. Porque el malvado descansa algunas veces; el necio, jamás.[23]