1984
1984 Volvió a rascarse el tobillo. DÃa y noche las telepantallás le herÃan a uno el tÃmpano con estadÃsticas se-gún las cuales todos tenÃan más alimento, más trajes, mejores casas, entretenimientos más divertidos, todos vivÃan más tiempo, trabajaban menos horas, eran más sanos, fuertes, felices, inteligentes y educados que los que habÃan vivido hacÃa cincuenta años. Ni una palabra de todo ello podÃa ser probada ni refutada. Por ejemplo, el Partido sostenÃa que el cuarenta por ciento de los proles adultos sabÃa leer y escribir y que antes de la Revolución todos ellos, menos un quince por ciento, eran analfabetos. También aseguraba el Partido que la mortalidad infantil era ya sólo del ciento sesenta por mil mientras que antes de la Revolución habÃa sido del trescientos por mil... y asà sucesivamente. Era como una ecuación con dos incógnitas. Bien podÃa ocurrir que todos los libros de historia fueran una pura fantasÃa. Winston sospechaba que nunca habÃa existido una ley sobre el jus primae noctis ni persona alguna como el tipo de capitalista que pintaban, ni siquiera un sombrero como aquel que parecÃa un tubo de estufa.