1984
1984 No la miró. Colocó en la mesa el contenido de su bandeja y empezó a comer. Era importantísimo hablar en seguida antes de que alguna otra persona se uniera a ellos. Pero le invadía un miedo terrible. Había pasado una semana desde ' que la joven se había acercado a él. Podía haber cambiado de idea, es decir, tenía que haber cambiado de idea. Era imposible que este asunto terminara felizmente; estas cosas no suceden en la vida real, y probablemente no habría llegado a hablarle si en aquel momento no hubiera visto a Ampleforth, el poeta de orejas velludas, que andaba de un lado a otro buscando sitio. Era seguro que Àmpleforth, que conocía bastante a Winston, se sentaría en su mesa en cuanto lo viera. Tenía, pues, un minuto para actuar. Tanto él como la muchacha comían rápidamente. Era una especie de guiso muy caldoso de habas. En voz muy baja, empezó Winston a hablar. No se miraban. Se llevaban a la boca la comida y entre cucharada y cucharada se decían las palabras indispensables en voz bajá e inexpresiva.
-¿A qué hora sales del trabajo?
-Dieciocho treinta.
-¿Dónde podemos vernos?
-En la Plaza de la Victoria, cerca del Monumento.
-Hay muchas telepantallas allí.
-No importa, porque hay mucha circulación.
-¿Alguna señal?