1984
1984 -SÃ. Mira los árboles -eran unos arbolillos de ramas finÃsimas-. No hay nada lo bastante grande para ocultar un micro. Además, ya he estado aquà antes.
Sólo hablaban. Él se habÃa decidido ya a acercarse más a ella. Sonriente, con cierta ironÃa en la expresión, la joven estaba muy derecha ante él como preguntándose por qué tardaba tanto en empezar. El ramo de flores silvestre se habÃa caÃdo al suelo. Winston le cogió la mano.
-¿Quieres creer -dijo- que hasta este momento no sabÃa de qué color tienes los ojos? -Eran castaños, bastante claros, con pestañas negras-. Ahora que me has visto a plena luz y cara a cara, ¿puedes soportar mi presencia?
-SÃ, bastante bien.
-Tengo treinta y nueve años. Estoy casado y no me puedo librar de mi mujer. Tengo varices y cinco dientes postizos.
Todo eso no me importa en absoluto -dijo la muchacha.