1984

1984

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-¿Y aquel cuadro -señaló Julia- también tendrá cien años?

-Más, seguramente doscientos. Es imposible saberlo con seguridad. En realidad hoy no se sabe la edad de nada.

Julia se acercó a la pared de enfrente para examinar con detenimiento el grabado. Dijo:

-¿Qué sitio es éste? Estoy segura de haber estado aquí alguna vez.

-Es una iglesia o, por lo menos, solía serlo. Se llamaba San Clemente. -La incompleta canción que el se-

ñor Charrington le había enseñado volvió a sonar en la cabeza de Winston, que murmuró con nostalgia: Naranjas y limones, dicen las campanas de San Clemente.

Y se quedó estupefacto al oír a Julia continuar:

Me debes tres peniques, dicen las campanas de San Martín. ¿Cuándo me pagarás?, dicen las campanas de Old Bailey...

-No puedo recordar cómo sigue. Pero sé que termina así. Aquí tienes una vela para alumbrarte cuando te acuestes. Aquí tienes un hacha para cortarte la cabeza.

Era como las dos mitades de una contraseña. Pero tenía que haber otro verso después de «las campanas de Old Bailey». Quizá el señor Charrington acabaría acordándose de este final.

-¿Quién te lo enseñó? dijo Winston.


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