1984
1984 as, con su larga nariz y gruesos lentes, encorvado bajo su chaqueta de terciopelo, tenÃa más aire de colec-cionista que de mercader. De vez en cuando, con un entusiasmo muy moderado, cogÃa alguno de los objetos que tenÃa a la venta, sin preguntarle nunca a Winston si lo querÃa comprar, sino enseñándoselo sólo para que lo admirase. Hablar con él era como escuchar el tintineo de una desvencijada cajita de música. Algunas veces, se sacaba de los desvanes de su memoria algunos polvorientos retazos de canciones olvidadas. HabÃa una sobre veinticuatro pájaros negros y otra sobre una vaca con un cuerno torcido y otra que relataba la muerte del pobre gallo RobÃn. «He pensado que podrÃa gustarle a usted», decÃa con una risita tÃmida cuando repetÃa algunos versos sueltos de aquellas canciones. Pero nunca recordaba ninguna canción completa.
Julia y Winston sabÃan perfectamente -en verdad, ni un solo momento dejaban de tenerlo presente- que aquello no podÃa durar. A veces la sensación de que la muerte se cernÃa sobre ellos les resultaba tan sólida como el lecho donde estaban echados y se abrazaban con una desesperada sensualidad, como un alma condenada aferrándose a su último rato de placer cuando faltan cinco minutos para que suene el reloj. Pero también habÃa veces en que no sólo se sentÃan seguros, sino que tenÃan una sensación de permanencia.