1984
1984 Cuando su padre desapareció, su madre no se mostró sorprendida ni demasiado apenada, pero se operó en ella un súbito cambio. Parecía haber perdido por completo los ánimos. Era evidente -incluso para un niño como Winstonque la mujer esperaba algo que ella sabía con toda seguridad que ocurriría. Hacía todo lo necesario -guisaba, lavaba la ropa y la remendaba, arreglaba las camas, barría el suelo, limpiaba el polvo-, todo ello muy despacio y evitándose todos los movimientos inútiles. Su majestuoso cuerpo tenía una tendencia natural a la inmovilidad. Se quedaba las horas muertas casi inmóvil en la cama, con su niñita en los brazos, una criatura muy silenciosa de dos o tres años con un rostro tal delgado que parecía simiesco.
De vez en cuando, la madre cogía en brazos a Winston y le estrechaba contra ella, sin decir nada. A pesar de su escasa edad y de su natural egoísmo, Winston sabía que todo esto se relacionaba con lo que había de ocurrir: aquel acontecimiento implícito en todo y del que nadie hablaba.