1984
1984 Siguió inmóvil como una estatua. Aún no le habían pegado. Le acudían a la mente pensamientos de muy poco interés en aquel momento, pero que no podía evitar. Se preguntó qué habría sido del señor Charrington y qué le habrían hecho a la mujer del patio. Sintió urgentes deseos de orinar y se sorprendió de ello porque lo había hecho dos horas antes. Notó que el reloj dé la repisa de la chimenea marcaba las nueve, es decir, las veintiuna, pero por la luz parecía ser más temprano. ¿No debía estar oscureciendo a las veintiuna de una tarde de agosto? Pensó que quizás Julia y él se hubieran equivocado de hora. Quizás habían creído que eran las veinte y treinta cuando fueran en realidad las cero treinta de la mañana siguiente, pero no siguió pensando en ello. Aquello no tenía interés. Se sintieron otros pasos, más leves éstos, en el pasillo. El señor Charrington entró en la habitación. Los hombres de los uniformes negros adoptaron en seguida una actitud más sumisa. También habían cambiado la actitud y el aspecto del señor Charrington. Se fijó en los fragmentos del pisapapeles de cristal.
-Recoged esos pedazos -dijo con tono severo. Un hombre se agachó para recogerlos.