1984
1984 El fragmento de coral, un pedacito de materia roja como un capullito de los que adornan algunas tartas, rodó por la estera. «¡Qué pequeño es!», pensó Winston. Detrás de él se produjo un ruido sordo y una exclamación contenida, a la vez que recibía un violento golpe en el tobillo que casi le hizo caer al suelo. Uno de los hombres le había dado a Julia un puñetazo en la boca del estómago, haciéndola doblarse como un metro de bolsillo. La joven se retorcía en el suelo esforzándose por respirar. Winston no se atrevió a volver la cabeza ni un milímetro, pero a veces entraba en su radio de visión la lívida y angustiada cara de Julia. A pesar del terror que sentía, era como si el dolor que hacía retorcerse a la joven lo tuviera él dentro de su cuerpo, aquel dolor espantoso que sin embargo era menos importante que la lucha por volver a respirar.
Winston sabía de qué se trataba: conocía el terrible dolor que ni siquiera puede ser sentido porque antes que nada es necesario volver a respirar. Entonces, dos de los hombres la levantaron por las rodillas y los hombros y se la llevaron de la habitación como un saco. Winston pudo verle la cara amarilla, y contorsionada, con los ojos cerrados y sin haber perdido todavía el colorete de las mejillas.