1984
1984 Algo cayó con estrépito sobre la cama a espaldas de Winston. Era el marco de la ventana, que había sido derribado por la escalera de mano que habían apoyado allí desde abajo. Por la escalera de la casa subía gente. Pronto se llenó la habitación de hombres corpulentos con uniformes negros, botas fuertes y altas porras en las manos.
Ya Winston no temblaba. Ni siquiera movía los ojos. Sólo le importaba una cosa: estarse inmóvil y no darles motivo para que le golpearan. Un individuo con aspecto de campeón de lucha libre, cuya boca era sólo una raya, se detuvo frente a él, balanceando la porra entre los dedos pulgar e índice mientras parecía meditar. Winston lo miró a los ojos. Era casi intolerable la sensación de hallarse desnudo, con las manos detrás de la cabeza. El hombre sacó un poco la lengua, una lengua blanquecina, y se lamió el sitio donde debía haber tenido los labios. Dejó de prestarle atención a Winston. Hubo otro ruido violento. Alguien había cogido el pisapapeles de cristal y lo había arrojado contra el hogar de la chimenea, donde se había hecho trizas.