1984
1984 Nadie más le había hablado. Era sorprendente hasta qué punto despreciaban los criminales ordinarios a los presos del Partido. Los llamaban, despectivamente, los polits, y no sentían ningún interés por lo que hubieran hecho o dejado de hacer. Los presos del Partido parecían tener un miedo atroz a hablar con nadie y, sobre todo, a hablar unos con otros. Sólo una vez, cuando dos miembros del Partido, ambos mujeres, fueron sentadas juntas en el banco, oyó Winston entre la algarabía de voces, unas cuantas palabras murmuradas precipitadamente y, sobre todo, la referencia a algo que llamaban la «habitación uno-cero-uno». No sabía a qué se podían referir.