1984

1984

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En aquel momento -en el sueño- su madre estaba sentada en un sitio profundo junto a él y con su niña en brazos. De esta hermana sólo recordaba Winston que era una chiquilla débil e insignificante, siempre calla-da y con ojos grandes que se fijaban en todo. Se hallaban las dos en algún sitio subterráneo -por ejemplo, el fondo de un pozo o en una cueva muy honda-, pero era un lugar que, estando ya muy por debajo de él, se iba hundiendo sin cesar. Sí, era la cámara de un barco que se hundía y la madre y la hermana lo miraban a él desde la tenebrosidad de las aguas que invadían el buque. Aún había aire en la cámara. Su madre y su hermanita podían verlo todavía y él a ellas, pero no dejaban de irse hundiendo ni un solo instante, de ir cayendo en las aguas, de un verde muy oscuro, que de un momento a otro las ocultarían para siempre. Winston, en cambio, se encontraba al aire libre y a plena luz mientras a ellas se las iba tragando la muerte, y ellas se hundían porque él estaba allí arriba. Winston lo sabía y también ellas lo sabían y él descubría en las caras de ellas este conocimiento. Pero la expresión de las dos no le reprochaba nada ni sus corazones tampoco -él lo sabía- y sólo se transparentaba la convicción de que ellas morían para que él pudiera seguir viviendo allá arriba y que esto formaba parte del orden inevitable de las cosas.



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