Homenaje a Cataluña

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El fuego fascista pareció menguar de forma muy súbita. Benjamín se puso de pie y gritó: «¡Adelante! ¡A la carga!». Nos lanzamos hacia la breve y empinada pendiente sobre la que se levantaba el parapeto. Digo «nos lanzamos», pero no es la expresión más exacta, pues resulta imposible moverse con rapidez cuando uno está empapado, cubierto de barro de la cabeza a los pies y cargado con un pesado fusil y bayoneta y ciento cincuenta cartuchos. Daba por sentado que arriba me aguardaba un fascista. Si disparaba a esa distancia no podía errarme y, sin embargo, nunca esperé que lo hiciera, sino que me atacara con la bayoneta. Me parecía sentir de antemano la sensación de nuestras bayonetas entrechocándose, y me pregunté si su brazo sería más fuerte que el mío. Sin embargo, ningún fascista me aguardaba. Con una vaga sensación de alivio descubrí que se trataba de un parapeto bajo y que los sacos de arena proporcionaban un buen punto de apoyo. Por lo general son difíciles de superar. Al otro lado la destrucción era total, con pedazos de vigas y grandes fragmentos de uralita dispersos por todas partes. Nuestras granadas habían destrozado todas las barracas y refugios. No se veía un alma. Pensé que estarían escondidos bajo tierra, y grité en inglés (no se me ocurría nada en español en ese momento): «¡Salid de ahí! ¡Rendíos!». No hubo respuesta. En ese momento un hombre, una figura borrosa en la penumbra, saltó desde el tejado de una de las barracas destruidas y huyó hacia la izquierda. Salí en su persecución, clavando mi bayoneta absurdamente en la oscuridad. Cuando daba la vuelta a la esquina del barracón, vi a un hombre —no sé si era el mismo que había divisado antes huyendo por la trinchera de comunicación que conducía a la otra posición fascista—. Debo de haber estado muy cerca de él, pues pude verlo con toda claridad. Tenía la cabeza descubierta y parecía no llevar nada puesto, salvo una manta sobre los hombros. A esa distancia podía haberlo hecho volar en pedazos. Pero, por temor a que nos disparáramos entre nosotros, se nos había ordenado que usáramos sólo las bayonetas una vez que estuviéramos al otro lado del parapeto. De cualquier manera, ni siquiera se me ocurrió apuntar. En vez de eso, mi mente saltó veinte años atrás, al profesor de boxeo del colegio, quien me describía con vívida pantomima cómo en los Dardanelos había atravesado a un turco con la bayoneta. Cogí el fusil por la parte delgada de la culata y arremetí contra la espalda del hombre. Estaba fuera de mi alcance. Arremetí otra vez, pero seguía fuera de mi alcance. Y así seguimos durante un corto trecho, él corriendo por la trinchera y yo detrás, tratando de dar alcance a su espalda y sin conseguirlo; un recuerdo cómico para mí, pero supongo que no tanto para él.


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