Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña Lo esencial es que durante todo ese tiempo habÃa estado aislado —en el frente uno estaba casi completamente aislado del mundo exterior, e incluso de lo que ocurrÃa en Barcelona tenÃamos una idea muy vaga— entre personas que cabrÃa definir en lÃneas generales y sin temor a equivocarse mucho, como revolucionarios. Eso se debÃa a que la milicia en sà era revolucionaria. En el frente de Aragón conservó este carácter hasta junio de 1937. Las milicias de trabajadores, basadas en los sindicatos y compuestas por hombres de opiniones polÃticas más o menos iguales, originaban la concentración del sentimiento más revolucionario del paÃs y lo canalizaban en un sentido determinado. Yo estaba integrando, más o menos por azar, la única comunidad de Europa occidental donde la conciencia revolucionaria y el rechazo del capitalismo eran más normales que su contrario. En Aragón se estaba entre decenas de miles de personas de origen proletario en su mayorÃa, todas ellas vivÃan y se trataban en términos de igualdad. En teorÃa, era una igualdad perfecta, y en la práctica no estaba muy lejos de serlo. En algunos aspectos, se experimentaba un pregusto de socialismo, por lo cual entiendo que la actitud mental prevaleciente fuera de Ãndole socialista. Muchas de las motivaciones corrientes en la vida civilizada —ostentación, afán de lucro, temor a los patrones, etc.— simplemente habÃan dejado de existir. La división de clases desapareció hasta un punto que resulta casi inconcebible en la atmósfera mercantil de Inglaterra; allà sólo estábamos los campesinos y nosotros, y nadie era amo de nadie. Desde luego, semejante estado de cosas no podÃa durar. Era sólo una fase temporal y local en un juego gigantesco que se desarrollaba en toda la superficie de la tierra. Sin embargo, duró lo bastante como para influir sobre todo aquel que lo experimentara. Por mucho que protestara en esa época, más tarde me resultó evidente que habÃa participado en un acontecimiento único y valioso. HabÃa vivido en una comunidad donde la esperanza era más normal que la apatÃa o el cinismo, donde la palabra «camarada» significaba camaraderÃa y no, como en la mayorÃa de los paÃses, farsante. HabÃa aspirado el aire de la igualdad. Sé muy bien que ahora está de moda negar que el socialismo tenga algo que ver con la igualdad. En todos los paÃses del mundo, una enorme tribu de escritorzuelos de partido y astutos profesores se afanan por «demostrar» que el socialismo no significa nada más que un capitalismo de Estado planificado, que no elimina el lucro como motivación. Por fortuna, también existe una visión del socialismo completamente diferente. Lo que lleva a los hombres hacia el socialismo, y los mueve a arriesgar su vida por él, la «mÃstica» del socialismo, es la idea de la igualdad; para la gran mayorÃa, el socialismo significa una sociedad sin clases o carece de todo sentido. Precisamente esos pocos meses me resultaron valiosos, porque las milicias españolas, mientras duraron, constituyeron una especie de microcosmos de una sociedad sin clases. En esa comunidad donde nadie trataba de sacar partido de nadie, donde habÃa escasez de todo pero ningún privilegio y ninguna necesidad de adulaciones, quizá se tenÃa una tosca visión de lo que serÃan las primeras etapas del socialismo. En lugar de desilusionarme, me atrajo profundamente y fortaleció mi deseo de ver establecido el socialismo. Ello se debió, en parte, a la buena suerte de haber estado entre españoles, quienes, con su decencia innata y su tinte anarquista, están en condiciones de hacer tolerables las etapas iniciales del socialismo.