Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña La indiferencia general hacia la guerra causaba sorpresa, asco, y horrorizaba a quienes llegaban a Barcelona procedentes de Madrid o de Valencia. En parte, se debía a la gran distancia que mediaba entre Barcelona y el lugar actual de la lucha; observé idéntica situación un mes después en Tarragona, donde la vida habitual de una elegante ciudad costera continuaba casi sin interrupciones. Resultaba significativo que en toda España el alistamiento voluntario hubiera ido disminuyendo desde enero. En Cataluña, cuando en febrero se hizo la primera gran campaña a favor del Ejército Popular, hubo una ola de entusiasmo que no se tradujo en un incremento del reclutamiento. Apenas seis meses después de iniciada la guerra, el gobierno español tuvo que recurrir al servicio militar; lo cual parece natural en un conflicto con el extranjero, pero resulta anómalo en una guerra civil. Sin duda, ello se explica en parte por el debilitamiento de las esperanzas revolucionarias, tan decisivas al comienzo de la contienda. Durante las primeras semanas de la guerra, los miembros de los sindicatos que se constituyeron en milicias y persiguieron a los fascistas hasta Zaragoza lo hicieron, en gran medida, porque ellos mismos creían estar luchando por el control de la clase trabajadora; pero cada vez se hacía más patente que dicha aspiración era una causa perdida. No podía criticarse a la gente común, en especial al proletariado urbano, que constituye el grueso de las tropas de cualquier guerra, por una cierta apatía. Nadie quería perder la guerra, pero la mayoría deseaba, sobre todo, que terminara. Tal situación era evidente en todas partes. Te encontraras con quien te encontraras, siempre escuchabas el mismo comentario: «Esta guerra es terrible, ¿no? ¿Cuándo terminará?». La gente con conciencia política se interesaba mucho más por la lucha intestina entre anarquistas y comunistas que por la guerra contra Franco. Para la gran masa de gente, la escasez de comida era lo fundamental. «El frente» se había convertido en un remoto lugar mítico, en el que los hombres jóvenes desaparecían para no regresar o para hacerlo al cabo de tres o cuatro meses con grandes sumas de dinero en los bolsillos. (Un miliciano habitualmente recibía su paga atrasada cuando salía de permiso). Los heridos, aun cuando anduvieran con muletas, dejaron de recibir una consideración especial. Pertenecer a la milicia ya no estaba de moda, como lo demostraban claramente las tiendas, que siempre son los barómetros del gusto público. Cuando llegué por primera vez a Barcelona, las tiendas, por pobres que fueran, se habían especializado en equipos para milicianos. En todos los escaparates se podían ver gorras de visera, cazadoras de cremallera, cinturones Sam Browne, cuchillos de caza, cantimploras y fundas de revólver. Ahora las tiendas tenían un aspecto más elegante, la guerra había quedado relegada a la trastienda. Como descubriría más tarde, cuando intenté comprar un equipo nuevo antes de regresar al frente, ciertas cosas que allí se necesitaban con mucha urgencia eran muy difíciles de conseguir.