Homenaje a Cataluña

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Además de todo esto, había también un cambio sorprendente en el clima social, algo que resulta difícil de imaginar a menos que uno lo haya experimentado. Cuando llegué a Barcelona por primera vez, me pareció una ciudad donde las distinciones de clases y las grandes diferencias económicas casi no existían. Eso era, desde luego, lo que parecía. Las ropas «elegantes» constituían una anormalidad, nadie se rebajaba ni aceptaba propinas; los camareros, las floristas y los limpiabotas te miraban a los ojos y te llamaban «camarada». Yo no había captado que se trataba en lo esencial de una mezcla de esperanza y camuflaje. Los trabajadores creían en la revolución que había comenzado sin llegar a consolidarse, y los burgueses, atemorizados, se disfrazaban temporalmente de obreros. En los primeros meses de la revolución hubo seguramente miles de personas que deliberadamente se pusieron el mono proletario y gritaron lemas revolucionarios para salvar el pellejo. Ahora las cosas estaban volviendo a sus cauces normales. Los mejores restaurantes y hoteles estaban llenos de gente rica que devoraba comida cara, mientras, para la clase trabajadora, los precios de los alimentos habían subido muchísimo sin un aumento compensatorio en los salarios. Además de este encarecimiento, con frecuencia escaseaban algunos productos, afectando, desde luego, como siempre, al pobre más que al rico. Los restaurantes y los hoteles no parecían tener ninguna dificultad en conseguir lo que quisieran; pero en los barrios obreros se hacían colas de cientos de metros para adquirir pan, aceite de oliva y otros artículos indispensables. La primera vez que estuve en Barcelona me llamó la atención la ausencia de mendigos; ahora abundaban. En la puerta de las charcuterías, al principio de las Ramblas, pandillas de chicos descalzos aguardaban siempre para rodear a los que salían y pedir a gritos un poco de comida. Las formas «revolucionarias» del lenguaje comenzaban a caer en desuso. Los desconocidos ya no se dirigían a uno diciendo tú* y camarada*; habitualmente empleaban señor* y usted*. Buenos días* comenzaba a reemplazar a salud*. Los camareros volvieron a usar sus camisas almidonadas y los dependientes de las tiendas recurrían de nuevo a sus adulaciones usuales. Mi esposa y yo entramos en un comercio de las Ramblas para comprar calcetines. El vendedor hizo una reverencia y se frotó las manos como ni siquiera en Inglaterra se hace ya hoy en día, aunque se solía hacer hace veinte o treinta años. De manera furtiva e indirecta, la costumbre de la propina comenzaba a retornar. Se había ordenado que las patrullas de trabajadores se disolvieran, y las fuerzas policiales anteriores a la guerra recorrían de nuevo las calles. Reaparecieron los espectáculos de cabaret y los prostíbulos de categoría, muchos de los cuales habían sido clausurados por las patrullas de trabajadores[11]. Un ejemplo ínfimo, pero significativo, de cómo todo se orientaba para favorecer a las clases más acomodadas lo ofrece la escasez de tabaco. La carencia de tabaco era tan desesperante que se vendían en las calles cigarrillos de picadura de regaliz. Cierta vez probé uno. (Mucha gente los probó alguna vez). Franco retenía las Canarias, de donde provenía todo el tabaco español y, en consecuencia, las únicas reservas con que contaba el gobierno eran del período previo al inicio de la guerra. Éstas habían disminuido tanto que los estancos abrían sólo una vez por semana; luego de hacer cola durante un par de horas se podía, con suerte, conseguir una cajetilla de tabaco. En teoría, el gobierno no permitía que se importara tabaco, porque ello significaba reducir las reservas de oro, que debían destinarse a la compra de armas y otros artículos vitales. En realidad, había un contrabando constante de cigarrillos extranjeros de las marcas más caras, como Lucky Strike, lo que permitía obtener pingües ganancias. Éstos se podían adquirir sin disimulo en los hoteles lujosos y, de forma un poco más furtiva, en la calle, siempre y cuando uno pudiera pagar diez pesetas (el jornal de un miliciano) por un paquete. El contrabando beneficiaba a la gente acomodada y, por ende, era tolerado. Si uno tenía bastante dinero, podía conseguir cualquier cosa en cualquier cantidad, menos pan, quizá, cuyo racionamiento era bastante estricto. Este marcado contraste entre la riqueza y la pobreza hubiera sido imposible unos meses antes, cuando la clase obrera mantenía, o parecía mantener; el control de la situación. Pero no sería justo atribuirlo únicamente a los cambios en el poder político. En parte, era resultado de la vida segura que se llevaba en Barcelona, donde había muy poco que le hiciera recordar a uno la guerra, exceptuando algún ocasional ataque aéreo. Quienes habían estado en Madrid afirmaban que allí las cosas eran muy distintas. En Madrid, el peligro compartido obligaba a la gente de casi todas las condiciones a alguna suerte de camaradería. Un hombre obeso que come perdices mientras los chicos piden pan en la calle constituye un espectáculo repelente, pero es menos probable verlo cuando se está a tiro de los cañones enemigos.


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