Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña El suelo estaba cubierto de gente dormida. En una habitación un bebé lloraba sin cesar. Aunque estábamos en mayo, la noche se puso fría. En uno de los escenarios todavía quedaban restos del telón, lo arranqué con el cuchillo, me envolví en él y dormí unas pocas horas. Recuerdo que mi sueño se vio perturbado por la idea de que esas malditas granadas podían hacerme volar si llegaba a aplastarlas. A las tres de la mañana, el hombre alto y buen mozo que parecía estar al mando de todo me despertó, me dio un fusil y me puso de guardia en una de las ventanas. Me dijo que Sala, el jefe de policía, responsable del ataque contra la Central Telefónica, había sido arrestado. (En realidad, como supimos después, sólo había sido destituido de su cargo. No obstante, la noticia confirmó la impresión general de que la Guardia Civil había actuado sin orden previa). Al amanecer, la gente comenzó a levantar dos barricadas, una frente al Comité Local y otra frente al hotel Falcón. Las calles de Barcelona están empedradas con adoquines cuadrados, fáciles de apilar y, debajo de ellos, hay una especie de gravilla muy útil para llenar sacos. El proceso de construcción de esas barricadas constituyó un espectáculo singular y maravilloso; hubiera dado cualquier cosa por fotografiarlo. Con esa suerte de apasionada energía que despliegan los españoles cuando han tomado la firme decisión de realizar alguna tarea, largas filas de hombres, mujeres y criaturas muy pequeñas arrancaban las piedras, las transportaban en una carretilla que habían encontrado en alguna parte y trastabillaban de un lado a otro bajo los pesados sacos. En la puerta del Comité Local, una muchacha judía alemana, con un pantalón de miliciano cuyas rodilleras le llegaban a los tobillos, observaba todo con una sonrisa. En un par de horas las barricadas estuvieron listas y en sus troneras se apostaron los hombres armados; detrás de una de ellas ardía un fuego y unos hombres freían huevos.