Homenaje a Cataluña

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En nuestra zona todo estaba extrañamente tranquilo: En el Café Moka los guardias civiles habían bajado las persianas metálicas y apilado los muebles en forma de barricada. Más tarde, media docena de ellos se subieron al terrado, frente a nosotros, y construyeron otra barricada con colchones sobre la cual colgaron la bandera nacional catalana. Era evidente que no deseaban provocar una refriega. Kopp había llegado a un acuerdo definitivo: si no disparaban contra nosotros, tampoco lo haríamos contra ellos. Para entonces, Kopp había conseguido establecer una relación bastante cordial con los guardias civiles, a los que había ido visitando con cierta frecuencia en el Café Moka. Naturalmente, éstos se habían apoderado de toda la bebida del café y le regalaron quince botellas de cerveza. A cambio, Kopp llegó a darles uno de nuestros fusiles para compensarles el que habían perdido el día anterior. En cualquier caso, resultaba extraño estar sentado en esa azotea. A veces simplemente me sentía aburrido de todo, no prestaba atención al estrépito endemoniado y me pasaba horas leyendo una serie de libros de la colección Penguin que, por suerte, había comprado pocos días antes; había ocasiones en que tenía plena conciencia de los hombres armados que me observaban a unos cincuenta metros. En cierto sentido, era como encontrarse otra vez en las trincheras. Varias veces me sorprendí llamando «los fascistas» a los guardias civiles. Por lo general, éramos seis allí arriba. Poníamos a un hombre de guardia en cada una de las torres, y los demás nos sentábamos más abajo, sobre un tejado de plomo, donde una cornisa de piedra nos servía de protección. Sabía muy bien que, en cualquier momento, los guardias civiles podían recibir órdenes telefónicas de abrir fuego. Habían prometido avisarnos antes de hacerlo, pero no existía la certeza de que cumplieran su palabra. Sin embargo, sólo una vez pareció que las cosas se pondrían feas. Uno de los guardias civiles se arrodilló y comenzó a disparar por encima de la barricada. Yo estaba de guardia en el observatorio en ese momento. Le apunté con el fusil y le grité:


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