Homenaje a Cataluña

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El tren debía partir a las ocho, y eran más o menos las ocho y diez cuando los oficiales sudorosos y agotados lograron formarnos en el patio. Recuerdo con toda nitidez la escena: el vocerío y la excitación, las banderas rojas flameando a la luz de las antorchas, las filas de milicianos con las mochilas a la espalda y su manta al hombro; los ruidos de las botas y de las escudillas de hojalata; luego un retumbante y finalmente exitoso siseo pidiendo silencio; y después un comisario político, de pie bajo un enorme estandarte rojo, dirigiéndonos un discurso en catalán. Por fin, nos condujeron hasta la estación por el camino más largo —unos seis o siete kilómetros—, a fin de mostrarnos a toda la ciudad. En las Ramblas nos hicieron detener; mientras una banda prestada para la ocasión interpretaba una o dos melodías revolucionarias. Una vez más, la repetida historia del héroe vencedor: gritos y entusiasmo, banderas rojas y banderas rojinegras por doquier; multitudes cordiales cubriendo las aceras para echarnos una mirada, mujeres saludando desde las ventanas. ¡Qué natural parecía todo entonces!, ¡cuán remoto e improbable ahora! El tren estaba tan abarrotado que casi no quedaba lugar en el suelo, por no hablar ya de los asientos. En el último momento, la mujer de William vino corriendo por el andén y nos alcanzó una botella de vino y un poco de ese chorizo colorado que tiene gusto a jabón y produce diarrea. El tren se puso en movimiento lentamente y salió de Barcelona en dirección a la meseta de Aragón a la velocidad normal en tiempo de guerra, algo menor de veinte kilómetros por hora.


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