Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña Y también destacaba que la policía, por lo menos al principio, parecía por completo indiferente al efecto que sus acciones pudieran tener sobre la guerra. Estaban dispuestos a encarcelar a militares con cargos de importancia sin obtener permiso por anticipado. Hacia finales de junio, José Rovira, el general al mando de la División 29, fue arrestado cerca del frente por una partida policial procedente de Barcelona. Sus hombres enviaron una delegación a protestar ante el ministro de la Guerra. Se descubrió que el ministro de la Guerra y Ortega, el jefe de policía, no habían sido ni siquiera informados del arresto de Rovira. En todo este asunto el detalle que más me cuesta de digerir, aunque quizá no revista mayor importancia, es que se ocultaba a las tropas lo que sucedía. Como se habrá visto, ni yo ni nadie en el frente había oído nada acerca de la disolución del POUM. Todos sus cuarteles, los centros de Ayuda Roja y demás funcionaban con normalidad, e incluso el 20 de junio, en las trincheras y posiciones hasta Lérida, a menos de ciento cincuenta kilómetros de Barcelona, nadie se había enterado de lo que ocurría. Ni una sola palabra de todo esto aparecía en los periódicos de Barcelona, y los diarios de Valencia que publicaban esas historias de complot y espionaje no llegaban al frente de Aragón. Sin duda, una de las razones para arrestar a los milicianos del POUM de permiso en Barcelona era impedir que regresaran al frente con las novedades. El grupo con el que yo llegué al frente el 15 de junio debe de haber sido el último en partir. Aún me intriga saber cómo consiguieron mantener ocultos los hechos, pues los camiones de abastecimiento, por ejemplo, seguían yendo y viniendo, pero no cabe duda de que mantuvieron el secreto y, según me pude enterar después por otros compañeros, los hombres del frente no supieron nada hasta varios días más tarde. El motivo resulta bastante claro. El ataque contra Huesca acababa de comenzar, la milicia del POUM todavía constituía una unidad aparte y, probablemente, se temía que los hombres se negaran a luchar si se enteraban de lo que estaba sucediendo. En realidad, nada de esto ocurrió cuando llegaron las noticias. En los días intermedios, muchos hombres seguramente murieron sin saber que los periódicos de retaguardia los tildaban de fascistas. Resulta difícil de perdonar tales cosas. Sé que era la política habitual ocultar a las tropas las malas noticias, y quizá eso esté justificado en la mayoría de los casos. Pero es algo muy distinto mandar a los hombres a la batalla sin siquiera decirles que, a sus espaldas, su partido ha quedado disuelto, sus líderes han sido acusados de traición y sus amigos y parientes enviados a la cárcel.