Homenaje a Cataluña

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De inmediato comprendí que esa carta era decisiva. Una carta oficial de ese tipo, con la recomendación del ministro de la Guerra y del general Pozas, probaría la buena fe de Kopp. Pero la dificultad radicaba en demostrar la existencia de la carta; si la abrían en el despacho del jefe de policía, algún poli acabaría destruyéndola. Sólo una persona podía ayudarnos a recuperarla: el oficial a quien estaba dirigida. Kopp ya había pensado en eso y había escrito una carta que deseaba que yo sacara de la prisión a escondidas y que enviara por correo. Pero, evidentemente, era más rápido y seguro ir en persona. Dejé a mi esposa con Kopp, salí apresuradamente y, tras una larga búsqueda, encontré un taxi. Sabía que tenía el tiempo justo. Eran ya las cinco y media, el coronel probablemente dejaría su despacho a las seis, y al día siguiente Dios sabe dónde estaría la carta, destruida o perdida en el caos de documentos que probablemente se apilaban a medida que se producían los arrestos. El despacho del coronel estaba situado en el Departamento de la Guerra, cerca de los muelles. Me disponía a subir corriendo la escalinata de entrada, cuando el guardia de asalto que custodiaba la puerta me cerró el paso con su larga bayoneta y me pidió la «documentación». Agité frente a sus ojos mi certificado de licencia; evidentemente no sabía leer y me dejó pasar; impresionado por el vago misterio de los «papeles». Por dentro, el lugar era como una enorme y complicada colmena en torno a un patio central con cientos de oficinas en cada piso. Como estábamos en España, nadie tenía la menor idea sobre la ubicación de la oficina que buscaba. Yo repetía sin cesar: «¡El coronel… jefe de ingenieros, Ejército del Este!»*. La gente me sonreía y se encogía de hombros amablemente; todo el que creía saberlo me enviaba en direcciones distintas: arriba, abajo, por pasillos interminables que resultaban ser callejones sin salida. Mientras tanto el tiempo pasaba inexorablemente. Tenía la extraña sensación de vivir una pesadilla: subir y bajar corriendo escaleras, gente misteriosa que iba y venía, los vistazos a través de puertas abiertas que daban a caóticas oficinas con papeles amontonados por todas partes y el tecleteo de las máquinas de escribir, y el tiempo que se acababa y una vida tal vez en juego.


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