Homenaje a Cataluña

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El oficial me prometió que la carta llegaría a su destino. Pero ¿qué ocurriría con Kopp?, le dije yo. ¿No podían liberarlo? El oficial se encogió de hombros. Ésa era otra cuestión. Ellos no sabían por qué lo habían arrestado. Sólo me pudo prometer que haría todas las averiguaciones posibles. No quedaba nada por decir y había que despedirse. Los dos nos inclinamos levemente. Pero en ese momento ocurrió algo inesperado y conmovedor: el pequeño oficial, después de una leve vacilación, dio un paso hacia adelante y me estrechó la mano.

No sé si podré explicar la profunda emoción que tal gesto me produjo. Parece algo sin importancia, pero no lo fue. Para comprenderlo es necesario recordar cuál era el ambiente de esa época, la paralizante atmósfera de sospechas y odios, las mentiras y los rumores que circulaban por todas partes, los carteles que en cada rincón nos señalaban como espías fascistas. Y, sobre todo, que estábamos frente al despacho del jefe de policía, junto a una inmunda pandilla de delatores y agentes provocadores, cualquiera de los cuales podía saber que se me buscaba. Era como estrechar públicamente la mano de un alemán durante la Gran Guerra. Supongo que, por algún motivo, había decidido que yo no era un espía fascista; en cualquier caso, fue muy noble de su parte darme la mano.


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