Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña Existían varias razones para ello. Gracias a la prensa profascista circulaban espantosas mentiras sobre supuestas atrocidades, y los propagandistas bien intencionados creían, sin duda, que ayudaban al gobierno español al negar que España se había «vuelto roja». Pero la principal razón era ésta: exceptuando los pequeños grupos revolucionarios que existen en cualquier país, todo el mundo estaba decidido a impedir la revolución en España; en especial el Partido Comunista, respaldado por la Rusia soviética, invirtió su máxima energía contra la revolución. Según la tesis comunista, una revolución en esa etapa resultaría fatal y en España no debía aspirarse al control ejercido por los trabajadores, sino a la democracia burguesa. Es innecesario señalar por qué la opinión «liberal» adoptó idéntica actitud. El capital extranjero había hecho fuertes inversiones en España. La Barcelona Traction Company, por ejemplo, representaba diez millones de capital británico, y los sindicatos se habían apoderado de todo el transporte en Cataluña. Si la revolución seguía adelante, no habría ninguna compensación, o muy escasa; si prevalecía la república capitalista, las inversiones extranjeras estarían a salvo. Y puesto que era indispensable aplastar la revolución, simplificaba enormemente las cosas actuar como si la revolución no hubiera tenido lugar. De esa manera era posible ocultar el verdadero significado de los acontecimientos. Podía hacerse aparecer todo desplazamiento de poder de los sindicatos al gobierno central como un paso necesario en la reorganización militar. La situación resultaba muy curiosa: fuera de España pocas personas comprendían que se estaba produciendo una revolución; dentro de España, nadie lo dudaba. Hasta los periódicos del PSUC, controlados por los comunistas y más o menos comprometidos con una política antirrevolucionaria, hablaban de «nuestra gloriosa revolución». Y, mientras tanto, la prensa comunista en los países extranjeros vociferaba que no había ningún signo de revolución en ninguna parte; la toma de fábricas, la creación de comités de trabajadores y demás cosas no habían tenido lugar o bien habían ocurrido, pero «carecían de importancia política». De acuerdo con el Daily Worker (6 de agosto de 1936), quienes afirmaban que el pueblo español luchaba por la revolución social o por cualquier otra cosa que no fuera una democracia burguesa eran «canallas mentirosos». Por otro lado, Juan López, miembro del gobierno de Valencia, declaró en febrero de 1937 que «el pueblo español derramaba su sangre no por la República democrática y su constitución de papel, sino por… una revolución». Así, parecería que los canallas mentirosos integraban el gobierno por el cual luchábamos. Algunos de los periódicos extranjeros antifascistas descendieron incluso a la penosa mentira de afirmar que las iglesias sólo eran atacadas cuando los fascistas las utilizaban como fortalezas. La realidad es que los templos fueron saqueados en todas partes como algo muy natural, porque estaba perfectamente sobreentendido que el clero español formaba parte de la estafa capitalista. Durante los seis meses pasados en España sólo vi dos iglesias indemnes, y hasta julio de 1937 no se permitió reabrir ninguna ni realizar oficios, excepto en uno o dos templos protestantes de Madrid.