Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña Decían de nosotros que éramos trotskistas, fascistas, traidores, asesinos, cobardes, espías y cosas por el estilo. Admito que no resultaba agradable, en especial cuando uno pensaba en algunas de las personas responsables de esa campaña. No es muy agradable ver a un muchacho español de quince años transportado en una camilla, con el rostro pálido y asombrado asomando sobre las mantas, y pensar en los astutos señores que en Londres y París escriben panfletos para demostrar que ese muchacho es un fascista disfrazado. Uno de los rasgos más repugnantes de la guerra es que toda la propaganda bélica, todos los gritos y las mentiras y el odio provienen siempre de quienes no luchan. Los milicianos del PSUC a quienes conocí en el frente, los comunistas de las Brigadas Internacionales con quienes me encontraba de tanto en tanto nunca me llamaron trotskista ni traidor; dejaban ese tipo de cosas para los periodistas de la retaguardia. Los individuos que escribían panfletos contra nosotros y nos insultaban en los periódicos permanecían seguros en sus casas o, en el peor de los casos, en las oficinas periodísticas de Valencia, a cientos de kilómetros de las balas y el barro. Aparte de los libelos de la lucha entre partidos, estaban la autoglorificación y el vilipendio del enemigo, todo ello producto, como de costumbre, de gente que no luchaba y que, en muchos casos, habría huido para no hacerlo. Uno de los efectos más tristes de esta guerra ha sido el de enseñarme que la prensa de izquierda es tan espuria y deshonesta como la de derecha[26]. Siento honradamente que, de nuestro lado, el lado republicano, esta guerra era distinta de las guerras corrientes e imperialistas; pero uno nunca lo hubiera supuesto guiándose por la naturaleza de la propaganda bélica. La lucha apenas había comenzado cuando los periódicos de derecha e izquierda se lanzaron simultáneamente al mismo pozo negro del ultraje. Todos recordamos el titular del Daily Mail: «LOS ROJOS CRUCIFICAN MONJAS», mientras que, para el Daily Worker, la Legión Extranjera de Franco estaba «compuesta por asesinos, tratantes de blancas, traficantes de drogas y el desecho de todos los países europeos». En octubre de 1937, el New Statesman nos regalaba historias de barricadas fascistas hechas con los cuerpos de niños vivos (elemento muy incómodo para hacer barricadas), y Mr. Arthur Bryant declaraba que «en la España leal era “lugar común” aserrar las piernas de un comerciante conservador». Quienes escribían este tipo de cosas nunca lucharon; posiblemente creían que escribirlo constituía un sustituto de la lucha. Lo mismo ocurre en todas las guerras; los soldados son los que luchan, los periodistas son los que gritan, y ningún «verdadero patriota» se acerca jamás a una trinchera, exceptuando las brevísimas giras de propaganda. A veces me resulta un consuelo pensar que el avión está modificando las condiciones de la guerra. Quizá cuando se produzca la próxima contienda podamos ver un espectáculo sin precedentes en toda la historia: un patriota incendiario con un orificio de bala.