Homenaje a Cataluña

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A fin de frenar toda tendencia revolucionaria y hacer que la guerra se pareciera tanto como fuera posible a una guerra convencional, se hizo necesario desperdiciar las oportunidades estratégicas que realmente existían. He descrito ya la forma en que estábamos armados, o desarmados, en el frente de Aragón. Casi no cabe duda de que las armas fueron deliberadamente retenidas a fin de que los anarquistas no contaran con demasiado poder en ese aspecto, pues podrían usarlo más tarde con un propósito revolucionario; en consecuencia, la gran ofensiva de Aragón, que hubiera alejado a Franco de Bilbao y posiblemente de Madrid, nunca tuvo lugar. Pero éste es un asunto comparativamente menor. Más importante fue el hecho de que, cuando la contienda quedó reducida a una «guerra por la democracia», se tornó imposible apelar a la ayuda en gran escala de la clase trabajadora en el extranjero. Si nos atenemos a los hechos, debemos admitir que la clase trabajadora del mundo ha observado con cierta indiferencia la guerra española. Decenas de miles de individuos acudieron a luchar, pero decenas de millones permanecieron apáticos. Durante el primer año de la guerra, se estima que el pueblo británico contribuyó a los diversos fondos de «ayuda a España» con alrededor de un cuarto de millón de libras —probablemente menos de la mitad de lo que gasta en una semana para ir al cine—. La acción industrial —huelgas y boicots— constituía la única forma de lucha con la que la clase trabajadora de los países democráticos podría haber ayudado realmente a sus camaradas españoles. Nada por el estilo ni siquiera se anunció. Los dirigentes laboristas y comunistas de todo el mundo declararon que era impracticable; sin duda, estaban en lo cierto, sobre todo mientras siguieran gritando a voz en cuello que la España «roja» no era «roja». Desde 1914-1918, la expresión «guerra por la democracia» tenía un matiz siniestro. Durante muchos años, los comunistas mismos se habían dedicado a enseñar a los trabajadores militantes de todos los países que «democracia» era una manera eufemística de llamar al capitalismo. No es una buena táctica afirmar primero que «la democracia es una estafa», y pedir luego: «¡Luchad por la democracia!». Si, respaldados por el enorme prestigio de la Rusia soviética, hubieran apelado a los trabajadores del mundo, no en nombre de la «España democrática», sino de la «España revolucionaria», resulta difícil creer que no habrían recibido respuesta.


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