Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña La compañía a la que relevábamos se encontraba recogiendo su equipo. Los hombres habían permanecido en el frente durante tres meses; casi todos lucían largas barbas, tenían los uniformes cubiertos de barro y las botas destrozadas. El capitán a cargo de la posición salió arrastrándose de su refugio y nos saludó. Se llamaba Levinski, pero todos lo conocían por Benjamín, y aunque era un judío polaco hablaba francés como si fuera su lengua materna. Era un joven bajo, de unos veinticinco años, de cabello negro y recio y un rostro pálido y ansioso, siempre sucio en ese periodo de la guerra. Unas pocas balas perdidas silbaban muy por encima de nuestras cabezas. La posición era un recinto semicircular de unos cincuenta metros de diámetro, con un parapeto construido en parte con sacos de arena y en parte con montones de piedra caliza. Había treinta o cuarenta refugios subterráneos cavados en el terreno como cuevas de ratas. William, su cuñado español y yo nos dejamos caer en el más cercano y de aspecto habitable. En alguna parte del lado opuesto resonaba intermitentemente un fusil, produciendo extraños ecos entre las colinas. Acabábamos de descargar los equipos y nos arrastrábamos fuera del refugio cuando se produjo otro disparo y uno de los chicos de nuestra compañía se abalanzó desde el parapeto con el rostro bañado en sangre. Al disparar su fusil, por algún motivo le había estallado el cerrojo. Las esquirlas de la recámara le habían dejado el cuero cabelludo hecho jirones. Nos iniciábamos con una baja, y, como se iba a hacer habitual, causada por nosotros mismos.