Homenaje a Cataluña

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En todos los puntos donde las líneas de fuego se encontraban a una distancia que permitiera oírse, se producían frecuentes griteríos de trinchera a trinchera. Desde la nuestra se oía: «¡Fascistas, maricones!»*. Desde la trinchera fascista: «¡Viva España! ¡Viva Franco!»*; o bien, cuando sabían que entre nosotros había algunos ingleses: «¡Largaos a vuestra casa, ingleses! ¡Aquí no queremos extranjeros!». En el bando gubernamental, en las milicias partidistas, el método de hacer propaganda a gritos para socavar la moral del enemigo se había convertido ya en una verdadera técnica. En todas las posiciones adecuadas, algunos hombres, por lo general los encargados de las ametralladoras, recibían órdenes de dedicarse a gritar y eran provistos de megáfonos. Preferentemente gritaban frases hechas, plenas de intenciones revolucionarias, para explicar a los soldados fascistas que eran meros lacayos del capitalismo internacional, que luchaban contra su propia clase, etc., etc., e incitarlos a pasarse a nuestro lado. Sucesivos grupos de hombres las repetían una y otra vez, en algunas oportunidades durante toda la noche. No cabía la menor duda de que el método surtía efecto, y todos estaban de acuerdo en que la corriente de desertores del campo fascista se debía, en parte, a la propaganda. Deteniéndose a pensarlo, es fácil comprender que el eslogan «¡No luches contra tu propia clase!», resonando una y otra vez en la oscuridad, debe de haber producido una gran impresión en el ánimo del pobre centinela que tiritaba de frío en su puesto, quizá alistado contra su voluntad y probablemente miembro de un sindicato socialista o anarquista.


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