Homenaje a Cataluña

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Esa noche los fascistas llevaron a cabo una especie de ataque por sorpresa. En el momento en que me deslizaba debajo de la manta, medio muerto de sueño, se oyó el silbido de las balas sobre nuestras cabezas y alguien gritó: «¡Están atacando!». Empuñé el fusil y ascendí hasta mi puesto, ubicado en la cumbre de la posición, junto a la ametralladora. El ruido era diabólico. Creo que el fuego de cinco ametralladoras se cernía sobre nosotros, y hubo una serie de pesados estruendos provocados por las granadas que los fascistas arrojaban sobre su propio parapeto de la forma más idiota. La oscuridad era total. Muy abajo, en el valle situado a nuestra izquierda, se podía ver el resplandor verdoso de los fusiles desde donde una pequeña partida de fascistas, probablemente una patrulla, nos disparaba. Las balas volaban a nuestro alrededor en la oscuridad, crac-pfiu-crac. Unos cuantos proyectiles pasaron silbando por encima de nosotros, pero cayeron lejos y, como solía ocurrir en esta guerra, la mayoría de ellos no explotó. Pasé un mal rato cuando una nueva ametralladora abrió fuego desde la colina situada a nuestra espalda. En realidad se trataba de un arma llevada allí para apoyarnos, pero en ese momento parecía como si estuviéramos rodeados. Nuestra ametralladora no tardó en encasquillarse, como ocurría siempre con esos cartuchos, y la baqueta se había perdido en la impenetrable oscuridad. Evidentemente, no se podía hacer nada, excepto quedarse quieto y esperar un tiro. Los españoles a cargo de la ametralladora no quisieron ponerse a cubierto y, de hecho, se expusieron deliberadamente, por lo que me vi obligado a hacer lo mismo. Intrascendente como fue, la experiencia me resultó muy interesante. Era la primera vez que me encontraba literalmente bajo el fuego y, con gran humillación, comprobé que me sentía completamente asustado; he observado que siempre se siente lo mismo bajo el fuego graneado, no se teme tanto el ser herido como no saber dónde se producirá la herida. Uno se pregunta todo el tiempo por dónde entrará la bala, y eso otorga al cuerpo una muy desagradable sensibilidad.


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