Homenaje a Cataluña

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Y nada más despuntar el alba los fascistas descubrieron que estábamos allí. El bloque blanco y cuadrado de la Casa Francesa, aunque situado a unos doscientos metros, semejaba levantarse por encima de nosotros, y las ametralladoras en las ventanas superiores, protegidas con sacos de arena, parecían apuntar directamente hacia nuestra trinchera. Nos quedamos contemplándola boquiabiertos, preguntándonos cómo era posible que los fascistas no nos vieran. Entonces hubo un horrible remolino de balas y todo el mundo cayó de rodillas y comenzó a cavar frenéticamente, ahondado la trinchera y levantando pequeños montículos en el borde. Mi brazo seguía vendado, no podía cavar, y pasé la mayor parte de ese día leyendo una novela policíaca cuyo nombre era El prestamista desaparecido. No recuerdo el argumento, pero sí, muy claramente, el hecho de estar allí leyéndola; la arcilla húmeda del fondo de la trinchera debajo de mí, el cambio constante en la posición de mis piernas para dar paso a los hombres que corrían agachados, el crac-crac-crac de las balas pocos centímetros por encima de mi cabeza. Thomas Parker recibió un balazo en medio del muslo, lo cual, como él decía, estaba más cerca de ser un DSO[9] de lo que le hubiera gustado. Se producían bajas en toda la línea de fuego, pero mínimas en comparación con lo que habría pasado si nos hubieran descubierto durante la noche. Un desertor nos contó después que cinco centinelas fascistas fueron fusilados por negligencia. Incluso en ese momento habrían podido masacrarnos si hubieran tenido la iniciativa de traer unos pocos morteros. Resultaba difícil transportar a los heridos a lo largo de la angosta y abarrotada trinchera. Vi a un pobre diablo, con los pantalones oscuros de sangre, caer de su camilla y jadear agonizante. Había que cargar a los heridos a lo largo de unos dos kilómetros, pues aunque existía un camino, las ambulancias nunca se acercaban mucho al frente. Cuando lo hacían, los fascistas tenían la costumbre de bombardearlas, lo cual podía explicarse por el hecho de que en la guerra moderna nadie tiene escrúpulos en utilizar una ambulancia para transportar municiones.


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