La hija del clerigo
La hija del clerigo Se sumergió en la paja y volvió a salir con un saco de lúpulo de unos dos metros de longitud. Dorothy se había quedado dormida, pero se despertó y se metió como pudo en el saco, que era tan largo que le tapaba hasta la cabeza, y luego se retorció y se hundió profundamente en un nido de paja mucho más seca y caliente de lo que habría creído posible. La paja le hacía cosquillas en la nariz, se le metió por el pelo y le picaba incluso a través del saco, pero en ese momento ni el lecho de plumón de cisne de Cleopatra ni la cama flotante de Harún al Rashid la habrían acariciado de manera más voluptuosa.
Es curioso lo rápido que se acostumbra uno a la rutina de recoger lúpulo una vez ha conseguido el trabajo. En menos de una semana te conviertes en un bracero experto y tienes la sensación de llevar recogiendo lúpulo toda la vida.