La hija del clerigo
La hija del clerigo ¡La oración! Por un breve instante, un minuto tal vez, la idea la dejó paralizada. La oración… en aquellos dÃas habÃa sido el mismÃsimo centro de su vida. Siempre habÃa recurrido a ella en los momentos felices e infelices. Y ahora se dio cuenta —era la primera vez que se paraba a pensarlo— de que no habÃa rezado una oración desde que se fue de su casa, ni siquiera después de recuperar la memoria. Comprendió además que no sentÃa ya la menor necesidad de rezar. Mecánicamente, empezó a susurrar una oración y se detuvo casi en el acto, las palabras sonaban huecas y fútiles. La oración, que habÃa sido el principal sostén de su vida, ya no significaba nada. Reparó en ello mientras andaba por el camino y lo hizo casi sin darse cuenta, como si hubiera visto algo al pasar, una flor en la cuneta o un pájaro que atravesara el camino, algo en lo que uno se fija para olvidarlo después. Ni siquiera tuvo tiempo de pararse a pensar en lo que significaba. Lo descartó de su imaginación para ocuparse de otras cosas más apremiantes.