La hija del clerigo
La hija del clerigo La iglesia de Saint Athelstan se hallaba en lo alto de Knype Hill, y desde la torre del campanario se divisaban las tierras de quince kilómetros a la redonda. No es que hubiese nada que valiera la pena contemplar, solo el paisaje bajo y levemente ondulante de East Anglia, insoportablemente monótono en verano, pero redimido en invierno por la silueta de los olmos desnudos que se recortaban como abanicos contra el cielo plomizo.
Justo debajo está el pueblo con la calle Mayor que va de este a oeste y lo divide en dos partes desiguales. Al sur queda la sección más antigua, agrícola y respetable. Al norte, están los edificios de la Azucarera Blifil-Gordon y en torno a ellos se amontonan confusamente hileras de feas casas de ladrillo amarillo, habitadas en su mayor parte por empleados de la refinería azucarera. La mayoría de dichos empleados, que representaban más de la mitad de los dos mil habitantes del pueblo, eran impíos emigrantes procedentes de la ciudad.