La hija del clerigo

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VII

Esa noche Dorothy durmió con los Turle. Le habían tomado tanto afecto que la habrían acogido con ellos una semana o más si hubiese querido abusar de su hospitalidad. Sus dos habitaciones (vivían en un edificio de pisos cerca de Tower Bridge Road) eran muy estrechas para siete personas, incluyendo a los niños, pero le hicieron una especie de cama en el suelo con dos alfombras, un cojín viejo y un abrigo.

Por la mañana, se despidió de los Turle y les agradeció la amabilidad que le habían demostrado, luego fue directa a los baños públicos de Bermondsey y se lavó la suciedad acumulada de cinco semanas. Después, se puso a buscar alojamiento, con dieciséis chelines y ocho peniques en el bolsillo y la ropa que llevaba puesta como únicas posesiones. Había zurcido y limpiado la ropa lo mejor que había podido y, como era negra, no se notaba demasiado la porquería. De rodillas para abajo estaba pasablemente respetable. El último día, una «bracera alojada» del grupo de al lado, la señora Killfrew, le había regalado un par de excelentes zapatos que habían pertenecido a su hija y un par de medias de lana.



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