La hija del clerigo
La hija del clerigo GINGER: No me eches el aliento en la cara, Deafie. ¡No lo soporto!
CHARLIE (en sueños): ¿Charles el sabio borracho como una cuba? ¡Sí, seis peniques, que pase el siguiente!
DOROTHY (en el regazo de la señora McElligot): ¡Oh, qué felicidad, qué felicidad!
(Se quedan dormidos.)
Y así sucesivamente.
DOROTHY siguió soportando aquella vida diez días…, o para ser más exactos nueve días y diez noches. No tenía muchas más alternativas. Al parecer su padre la había abandonado, y aunque tenía amigos en Londres que la habrían ayudado, no se veía con ánimo de presentarse ante ellos después de lo ocurrido, o de lo que se suponía que había ocurrido. Y no se atrevió a ir a un centro de beneficencia por miedo a que averiguasen su nombre y se reeditara el escándalo de la «hija del rector».