La hija del clerigo
La hija del clerigo La señora Creevy era una mujer de unos cuarenta y tantos años, flaca, áspera y angulosa de movimientos bruscos y decididos que parecían sugerir una voluntad férrea y probablemente un genio terrible. Aunque no iba ni mucho menos sucia o desaliñada, tenía un no sé qué de desvaído, como si se hubiese pasado la vida en la penumbra, y la expresión de su boca, hosca y con el labio inferior caído, recordaba la de un sapo. Hablaba con voz seca y autoritaria, tenía un acento muy marcado y a veces empleaba expresiones vulgares. Bastaba con verla para reparar en que sabía exactamente lo que quería y que lo tomaría con la misma frialdad que una máquina; no era que fuese despótica —se notaba que no prestaba suficiente interés a los demás para serlo—, sino de esas personas que utilizan a la gente y luego la deja de lado sin más remordimiento que si fuese un cepillo gastado.
La señora Creevy no perdió el tiempo con bienvenidas. Indicó a Dorothy que tomara asiento con un gesto que era más una orden que una invitación y luego se sentó con las manos sobre sus flacos antebrazos.