La hija del clerigo
La hija del clerigo Después de tratar la cuestión de Shakespeare, el señor Poynder añadió algunas observaciones sobre los novedosos métodos de enseñanza de Dorothy, lo que le dio al señor Geo. Briggs la ocasión de apostillar de vez en cuando:
—¡Sí, señor! Lo que queremos son cosas prácticas, eso es, cosas prácticas… Nada de poesía, mapas y pegar papeles en la pared. Enséñeles cálculo y caligrafía y déjese de zarandajas. ¡Cosas prácticas, usted lo ha dicho!
Siguieron así más de veinte minutos. Al principio, Dorothy trató de discutir, pero vio a la señora Creevy que movía enfadada la cabeza por encima del hombre que parecía un búfalo e interpretó que quería que se callara. Cuando los padres terminaron, Dorothy se hallaba al borde de las lágrimas. Cuando hicieron ademán de marcharse, la señorita Creevy les detuvo.
—Un minuto, damas y caballeros —dijo—. Ahora que han dicho lo que tenían que decir, y conste que se lo agradezco mucho, me gustaría añadir yo un par de cosas. Para que quede bien claro que no soy yo la culpable de este desagradable incidente. ¡Quédese usted también, señorita Millborough! —añadió.