La hija del clerigo
La hija del clerigo Dorothy se quedó pensativa. SÃ, habrÃa cambios en sus costumbres, pero la mayor parte serÃan secretos. El recuerdo del alfiler disciplinario recorrió su imaginación. Era algo que nadie más conocÃa y decidió no decir nada.
—Bueno —dijo por fin—, puede que al ir a comulgar me arrodille a la derecha de la señorita Mayfill y no a su izquierda.
HabÃa pasado una semana.
Dorothy pedaleó colina arriba desde el pueblo y se dirigió hacia la verja de la rectorÃa. HacÃa una tarde preciosa, clara y frÃa, y el sol sin nubes se hundÃa en cielos remotos y verdosos. Dorothy reparó en que el fresno de la puerta estaba en flor, cubierto de capullos de color rojo oscuro como las úlceras de una herida.