La hija del clerigo

La hija del clerigo

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Capítulo uno

I

Cuando el despertador de la cómoda estalló con el tañido de una horrible bomba metálica en miniatura, Dorothy salió de los abismos de un sueño profundo y perturbador, abrió los ojos sobresaltada y se quedó contemplando la oscuridad, presa de un agotamiento extremo.

El despertador siguió con su clamor persistente y femenino, que duraba unos cinco minutos si nadie lo paraba. Dorothy se sentía dolorida de pies a cabeza y una autocompasión insidiosa y humillante, que, por lo general, la embargaba cuando era hora de levantarse por las mañanas, le impulsó a meter la cabeza debajo de las sábanas para tratar de escapar de aquel sonido odioso. No obstante, luchó contra su fatiga y, según su costumbre, se animó usando la segunda persona del singular. Vamos, Dorothy, ¡arriba! ¡No seas perezosa, por favor! Proverbios 6:9. Luego recordó que si el despertador seguía sonando acabaría oyéndolo su padre, y con un apresurado movimiento saltó de la cama, cogió el reloj de la cómoda y lo desconectó. Lo tenía ahí encima precisamente para tener que levantarse para apagarlo. Todavía a oscuras, se arrodilló junto a la cama y rezó el padrenuestro un poco distraída porque tenía los pies helados.


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