La hija del clerigo

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Mientras pedaleaba camino de casa, Dorothy pensó en la señora Semprill de forma muy poco caritativa y se pinchó debidamente por ello con el alfiler. Además cayó en algo muy inquietante que no se le había ocurrido hasta entonces, y es que la señora Semprill sin duda se enteraría de su visita a casa del señor Warburton y probablemente lo convertiría en algo de proporciones escandalosas al día siguiente. La idea hizo que recorriera su imaginación un torvo presagio cuando se apeó de la bicicleta delante de la rectoría, donde Silly Jack, el tonto del pueblo, un pobre retrasado de rostro rubicundo y alargado como una fresa, estaba azotando con gesto inane el poste del buzón de correos con una vara de avellano.

IV

Eran poco más de las once. El día, igual que una viuda esperanzada que hubiese perdido ya su lozanía, había adoptado un aire de abril impropio de la temporada, pero de pronto recordó que estaban en agosto y empezó a apretar el calor.





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