La hija del clerigo
La hija del clerigo En cuanto a los demás religiosos de Knype Hill, el señor Ward, el ministro congregacionalista, el señor Foley, el pastor wesleyiano, y el anciano calvo que dirigía las orgías en la capilla de Ebenezer, el rector opinaba que no eran más que un vulgar hatajo de herejes y había prohibido a Dorothy que les dirigiera la palabra si no quería causarle un disgusto.
Era mediodía. En el enorme y ruinoso invernadero, cuyos cristales estaban opacos, verdes e iridiscentes como el vidrio romano antiguo debido a la suciedad y el paso del tiempo, tenía lugar un ruidoso y apresurado ensayo de Carlos I.
En realidad, Dorothy no participaba en el ensayo, aunque estaba muy atareada preparando los trajes. Hacía los trajes, o al menos la mayoría de ellos, de todas las obras de teatro que representaban los alumnos de la escuela parroquial. La producción y la dirección de escena corrían a cargo de Victor Stone —Victor, como lo llamaba Dorothy—, el maestro de la escuela parroquial, un joven nervioso y enclenque de cabello negro vestido con oscura ropa de lego que en ese momento gesticulaba violentamente manuscrito en mano ante seis niños con pinta de torpes. En un largo banco que había junto a la pared otros cuatro niños ensayaban los efectos sonoros entrechocando atizadores para el fuego y se peleaban por una mugrienta bolsita de pastillas de menta de cuarenta por un penique.