Los dias de Birmania
Los dias de Birmania A pesar del whisky que había bebido en el Club, Flory durmió poco aquella noche. Los perros vagabundos aullaban a la luna. Se hallaba tan sólo en cuarto creciente y muy baja para ser medianoche, pero los perros se pasaban el día durmiendo con el calor, y a pesar de ser muy pronto ya habían comenzado para entonces sus coros a la luna. Un perro le había cogido manía a la casa de Flory y había convertido en costumbre el ponerse a aullar allí sistemáticamente. Sentado sobre sus patas traseras a cincuenta yardas de la entrada, dejaba escapar ladridos secos, uno cada medio minuto, con la regularidad de un reloj. Seguía así dos o tres horas, hasta que los gallos comenzasen a cantar.
Flory se movía de un lado a otro de la cama con dolor de cabeza. Algún idiota ha dicho que no se puede odiar a un animal; debería pasar unas pocas noches en la India, de ésas en las que los perros se quedan aullándole a la luna. Finalmente, Flory no pudo aguantarlo por más tiempo. Se levantó, revolvió en el baúl de latón que se encontraba bajo su cama hasta encontrar un rifle y un par de cartuchos, y salió hacia la veranda.
