Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Mientras Flory permanecía sentado malhumoradamente en la bañera, Mr. Macgregor, en calzones y camiseta, sobre una esterilla de bambú colocada a tal efecto en su dormitorio, se esforzaba por realizar los números 5, 6, 7, 8 y 9 del Ejercicios Físicos para Sedentarios de Nordenflycht. Mr. Macgregor nunca o casi nunca se perdía sus ejercicios matutinos. El número 8 (espalda contra el suelo, levantar las piernas hasta posición perpendicular sin doblar las rodillas) era realmente duro para un hombre de cuarenta y tres años; el número 9 (espalda contra el suelo, levantarse poco a poco hasta quedar sentado y tocar los pies con las puntas de los dedos) era aún peor. ¡Da igual, hay que mantenerse en forma! Mientras Mr. Macgregor arremetía penosamente en dirección a los dedos de sus pies, una sombra roja como el ladrillo le subía desde el cuello y se le congestionaba el rostro igual que si le amenazase una apoplejía. El sudor brillaba sobre su pecho amplio y carnoso. ¡Aguanta, aguanta! Hay que mantenerse en forma a toda costa. Mohammed Ali, el porteador, con las ropas limpias de Macgregor al brazo, le observaba a través de la puerta entornada. Su alargado y amarillento rostro árabe no expresaba ni comprensión ni curiosidad. Había presenciado estas contorsiones (un sacrificio, imaginaba de manera confusa, a algún dios misterioso y exigente) todas las mañanas durante los últimos cinco años.