Los dias de Birmania
Los dias de Birmania U Po Kyin no contestó inmediatamente. Un sonido similar a un resoplido parecía emerger de él. Estaba intentando levantarse de la silla. Para Ba Taik éste era un sonido ya familiar. Apareció a través de la cortina de cuentas y junto a Ba Sein, cada uno una mano en las axilas de U Po Kyin, le levantaron. U Po Kyin permaneció estático unos momentos, equilibrando el peso de la barriga sobre sus piernas, como si fuera un porteador de pescado ajustando su carga. Después, con un gesto de su mano hizo salir a Ba Taik.
—No es suficiente —dijo contestando a la pregunta de Ba Sein—, no es suficiente de ninguna manera. Aún queda mucho por hacer. Pero éste es el inicio correcto. Escucha.
Se acercó a la barandilla y escupió fuera un buen trozo de betel rojo antes de comenzar a dar vueltas por la terraza, con pasos pequeños y sus manos tras la espalda. El roce entre sus enormes muslos le hacía contonearse ligeramente. Hablaba mientras andaba, en la jerga usada en las oficinas gubernamentales; una mezcla de verbos birmanos y de frases hechas inglesas:
—Comencemos por el principio. Vamos a llevar a cabo nuestro planeado ataque sobre el doctor Veraswami, cirujano y director de la cárcel. Vamos a difamarle, destruir su reputación y finalmente acabar con él para siempre. Será una operación bastante delicada.
—Sí, señor.