Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Elizabeth estaba tendida sobre el sofá del salón de los Lackersteen, con los pies en alto y la cabeza apoyada sobre un cojín, mientras leía Esa gente encantadora, de Michael Arlen. Por lo general, Michael Arlen era su autor favorito, aunque prefería a William J. Locke cuando le apetecía algo serio.
La sala era una estancia fresca pintada en tonos claros. Aunque espaciosa, parecía más pequeña de lo que realmente era, debido en gran parte a la acumulación de mesitas auxiliares y bronces de Benarés. Olía a cretona y flores muertas. Mrs. Lackersteen estaba en el piso de arriba, durmiendo. Afuera, los criados descansaban tumbados en silencio en sus cuartos, con la cabezas pegadas contra las almohadas de madera, víctimas del sueño mortal que provoca el mediodía. Probablemente, Mr. Lackersteen estaba también durmiendo en su pequeña oficina de madera, camino abajo. Nadie se movía excepto Elizabeth y el chokra, que tiraba del punkah de la habitación de Mrs. Lackersteen desde el exterior y había metido el talón en el lazo de la cuerda para poder tumbarse mientras la abanicaba.
