Los dias de Birmania

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Capítulo VIII

Aquella tarde Flory le dijo a Ko S’la que llamase al barbero. Era el único que había en la ciudad, un indio que se ganaba la vida afeitando a los coolies a razón de ocho annas al mes por un afeitado en seco un día sí y uno no. Los europeos, a falta de otro, acudían a él. El barbero le estaba esperando en la veranda cuando Flory regresó de jugar al tenis. Éste último esterilizó las tijeras con agua hirviendo y líquido Candy, y dejó que le cortara el pelo.

—Saca mi mejor traje de verano —ordenó a Ko S’la—, y también una camisa de seda y mis zapatos de piel de sambhur. Y también la corbata nueva, ésa que me trajeron de Rangún la semana pasada.

—Ya lo he hecho, thakin —aunque lo que quería decir era que lo haría. Cuando Flory entró en el dormitorio encontró a Ko S’la junto a la ropa que le había preparado con el gesto torcido. Era obvio que Ko S’la sabía la razón por la que Flory se estaba arreglando (esperaba encontrarse a Elizabeth) y no lo aprobaba.

—¿Qué estás esperando? —preguntó Flory.

—Es para ayudarle a vestirse, thakin.

—Esta tarde lo haré yo mismo. Te puedes marchar.


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