Los dias de Birmania

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Por acuerdo tácito entraron al Club por separado. Decididamente, el paseo había sido un fracaso. Había un aire de gala aquella noche en salón del Club. La comunidad europea en pleno estaba esperando para dar la bienvenida a Elizabeth, y el mayordomo y los seis chokras, todos con sus mejores trajes blancos almidonados, estaban alineados a ambos lados de la entrada, sonrientes y reverenciosos. Cuando los europeos hubieron terminado de saludar a la joven, el mayordomo avanzó con una gran guirnalda de flores que los criados habían confeccionado para la “señorita-sahib”. Mr. Macgregor pronunció un discurso cómico de bienvenida con el que fue introduciendo a todos. Presentó a Maxwell como «nuestro especialista arbóreo local», Westfield era «el guardián de la ley y el orden y —ejem— terror de los bandidos», y así uno por uno. Todos se rieron mucho. La presencia de una mujer bonita había puesto a todo el mundo de tan buen humor, que hasta les parecían divertidas las palabras de Mr. Macgregor, las cuales, a decir verdad, había pasado preparando casi toda la tarde.

A la primera ocasión que tuvo, Ellis, con un aire malicioso, cogió a Flory y Westfield por el brazo y los llevó a la sala de juego. Estaba de mucho mejor humor que de costumbre. Pellizcó el brazo de Flory con sus pequeños y duros dedos, dolorosa aunque cómplicemente.

—Bueno, muchacho, todos hemos estado buscándote. ¿Dónde te habías metido?


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