Los dias de Birmania
Los dias de Birmania En realidad, la alarma de Ko S’la era muy prematura. Después de diez días tratando a Elizabeth, Flory había intimado con ella muy poco más de lo que lo hizo el día que se conocieron.
Tal como se dieron las circunstancias (la mayoría de los europeos tenían que permanecer en la selva), la tuvo prácticamente en exclusiva para él solo. Flory no tenía ningún motivo para quedarse perdiendo el tiempo en la ciudad, puesto que en esta época del año la tarea de extraer la madera era especialmente frenética. Durante su ausencia, todo se venía abajo y el muy incompetente del eurasiático que tenía como encargado era incapaz de hacer nada para solucionarlo. A pesar de todo, Flory se había quedado en Kyauktada con la excusa de que tenía fiebre, mientras seguían llegando casi a diario cartas desesperadas del capataz informándole de nuevas catástrofes. Uno de los elefantes estaba enfermo, la locomotora del pequeño ferrocarril que se usaba para llevar troncos de teca se había estropeado, quince coolies se habían marchado. Pero Flory continuaba dilatándose, incapaz de encontrar el modo de salir de Kyauktada mientras Elizabeth estuviera allí, en su continuo e infructuoso intento de que se reviviera aquella sencilla y adorable amistad de la que había disfrutado durante su primer encuentro.
