Los dias de Birmania

Los dias de Birmania

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CapĂ­tulo X

En realidad, la alarma de Ko S’la era muy prematura. DespuĂ©s de diez dĂ­as tratando a Elizabeth, Flory habĂ­a intimado con ella muy poco mĂĄs de lo que lo hizo el dĂ­a que se conocieron.

Tal como se dieron las circunstancias (la mayorĂ­a de los europeos tenĂ­an que permanecer en la selva), la tuvo prĂĄcticamente en exclusiva para Ă©l solo. Flory no tenĂ­a ningĂșn motivo para quedarse perdiendo el tiempo en la ciudad, puesto que en esta Ă©poca del año la tarea de extraer la madera era especialmente frenĂ©tica. Durante su ausencia, todo se venĂ­a abajo y el muy incompetente del eurasiĂĄtico que tenĂ­a como encargado era incapaz de hacer nada para solucionarlo. A pesar de todo, Flory se habĂ­a quedado en Kyauktada con la excusa de que tenĂ­a fiebre, mientras seguĂ­an llegando casi a diario cartas desesperadas del capataz informĂĄndole de nuevas catĂĄstrofes. Uno de los elefantes estaba enfermo, la locomotora del pequeño ferrocarril que se usaba para llevar troncos de teca se habĂ­a estropeado, quince coolies se habĂ­an marchado. Pero Flory continuaba dilatĂĄndose, incapaz de encontrar el modo de salir de Kyauktada mientras Elizabeth estuviera allĂ­, en su continuo e infructuoso intento de que se reviviera aquella sencilla y adorable amistad de la que habĂ­a disfrutado durante su primer encuentro.


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