Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Sumido en el pegajoso y soporífero bochorno del salón de estar, casi a oscuras por las cortinas de cuentas, U Po Kyin se paseaba arrogante de un lado para otro. De vez en cuando se metía la mano por debajo de la camiseta y se rascaba sus pechos sudorosos que, por la cantidad de grasa que acumulaban, eran grandes como los de una mujer. Ma Kin estaba sentada en su esterilla fumando unos finos cigarrillos blancos. A través de la puerta entreabierta se podía ver una esquina de la enorme cama cuadrangular de U Po Kyin, un catafalco con postes de teca tallados sobre el que había cometido innumerables abusos.
Ma Kin escuchaba ahora por primera vez el relato del “otro asunto” que subyacía al ataque de U Po Kyin contra el Dr. Veraswami. A pesar de lo poco que estimaba la inteligencia de ella, U Po Kyin solía confiarle sus secretos tarde o temprano. Era la única persona de su círculo inmediato que no le tenía miedo y, por lo tanto, a quien más disfrutaba impresionando.
—Bueno, Kin Kin —dijo él—, ya ves como todo ha salido de acuerdo con lo que había planeado. Ya van dieciocho cartas anónimas y todas ellas son auténticas obras maestras. Te recitaría de memoria algunas si no supiera que eres incapaz de apreciar su valor.
—Pero supón que los europeos no hacen caso a tus anónimos. ¿Qué harás entonces?
