Los dias de Birmania

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Capítulo XIII

Cuando Flory cruzó la puerta del recinto del hospital cuatro barrenderos harapientos pasaron junto a él transportando a un cooli muerto y envuelto en sacos para enterrarlo en alguna fosa improvisada en la selva. Flory atravesó el patio de tierra rojiza que había entre los pabellones del hospital. A lo largo de las amplias verandas, hileras de hombres con rostros macilentos, callados e inmóviles yacían sobre lechos sin sábanas. Unos cuantos chuchos de aspecto inmundo, de los que se decía que devoraban los miembros amputados, dormitaban o se sacudían las pulgas entre los pilotes de los edificios. Todo el lugar tenía un aire asqueroso e infecto. El Dr. Veraswami se esforzaba por mantenerlo limpio, pero no se podía hacer nada contra el polvo, la falta de una buena red de aguas y la pereza y dejadez de los barrenderos y los desmotivados enfermeros.

A Flory le dijeron que el doctor estaba en la consulta. Era una habitación con paredes de yeso, una mesa y dos sillas, y un polvoriento retrato de la Reina Victoria por todo mobiliario. Una procesión de campesinos de músculos nudosos y cubiertos con harapos desfilaba por la habitación y hacía cola delante de la mesa. El doctor estaba en mangas de camisa y sudaba en abundancia. Se levantó instantáneamente con una exclamación de alegría y con su habitual y acelerada disposición, colocó a Flory en la silla vacía y sacó una pitillera del cajón de la mesa.


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